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viernes, 13 de agosto de 2010

Periódico Horadada Información. Mes de Agosto

EL NEGOCIO DE SER POLÍTICO.


Pandilla de sinvergüenzas sin escrúpulos. Sois todos iguales. Ladrones de guante negro unos, y otros. Tenéis suerte de que le prometiera a mi abuela que no iba a insultar más en mis artículos, que luego se cabrea cuando los lee. Pero es que sois lo peor, pocos os salváis. Habéis metido mano al cajón cada vez que os ha dado la gana, da igual del color que seáis: para vosotros es lo de menos. Habéis jugado al póquer cada noche desde hace una década con vuestros amiguitos: directores de cajas y bancos, empresarios, constructores… Pero el dinero que apostabais era nuestro. El vuestro lo tenéis bien guardado. Siempre ha estado bien guardado. Y después de la partida, si el negocio se cerraba favorable y todos ganabais un montón de billetes de quinientos, colgabais las corbatas en el perchero de madera de algún puticlub cercano. Claro, pagábamos nosotros. Los de siempre. No pongáis cara de asombro porque estén vuestras mujeres sentadas al lado. A los puticlubs no van sólo camioneros. Eso lo sabemos todos.

Habéis hecho lo que os ha dado la gana. Teníais impunidad, algunos todavía la tienen. Privilegios que estaban fuera de vuestras funciones como políticos, que es lo que sois: políticos. Pero vosotros habéis hecho de esto un negocio, el gran negocio. Habéis fomentado el movimiento de dinero negro todo el tiempo que habéis podido; y ahora, con cara de tontos, de no haber roto un plato en vuestra puñetera vida, preguntáis que dónde está. Que cómo es posible.
El cajón del pueblo está vacío, pero el de vuestra mesita de noche lleno. Y si no me creéis, porque ya sólo os creéis vuestras propias mentiras, ir a mirar. Abrir esas bolsas de basura que tenéis ahí, en vuestros cajones. Y si no las encontráis en vuestra vivienda habitual, mirar en el dúplex de la playa que casualmente comprasteis a vuestro amiguito el constructor a muy buen precio; y si ahí no hay nada, mirar en el chalet del campo, sí, ese que tenéis en el terreno que recalificasteis para que vuestro otro amiguito, el director de la caja de ahorros, pudiera invertir; y si ahí tampoco las veis, que ya empiezo a dudar, ir a mirar a los dos pisitos que tenéis a doscientos metros de la universidad, los que comprasteis para que vuestros polluelos puedan estudiar sus carreras de Ciencias Políticas y Derecho con la mayor comodidad posible. Para que no tengan que ir y venir en autobús como el resto de chavales. Que está feo.
Ahora os quejáis de que no tenéis dinero, de que el Gobierno central –otros ladrones de cuidado, se libran por mi abuela- no os da y así no podéis pagar a los funcionarios, ni a los fontaneros que os arreglaron la cisterna del váter de vuestro impecable despacho, ni a los electricistas, ni a la empresa de limpieza… Incluso decís que no os llega ni para pagar el teléfono. Mamarrachos. Dejar de usarlo para vuestros asuntos privados y así os llegará. Luego, cuando voy yo a solucionar cualquier gestión no me hacéis ni una maldita fotocopia. Pero seguro que corren folios y folios en blanco para fotocopiar los libros de vuestros hijos. Y los de vuestros sobrinos. Faltaría más. Si no es vuestra propia sobrina la que hace las fotocopias, que también es posible.

Habéis jodido bien el invento, cabrones. La vaca ya no da más leche. Pero a vosotros os la suda, porque lo que perdéis en vuestras ilegales partidas de póquer lo pagamos nosotros, sí: los pensionistas, que son los primeros a los que soléis joder cuando todo se va al carajo y los primeros a los que laméis el culo cuando queréis votos (abuela, “culo” no es un insulto); los funcionarios honrados, que son la gran mayoría, que mientras todos os forrabais y vuestras cuentas engordaban con el “bum” de la construcción, ellos, o estaban estudiando para poder aprobar esa dichosa oposición, o cobraban ya los mil o mil y poco que cobran la gran mayoría de funcionarios; Mariano el fontanero, que llevaba veinte años en la misma empresa y ahora, como su jefe, seguramente amiguito vuestro, tiene que recortar, lo echa a la calle, eso sí, sin un duro, que la empresa está en banca rota. Su puta madre. Y así podría nombrar un montón de casos, cada uno de ellos distinto. Y tristes.

Por eso que queréis que os diga, lo único que me queda es disfrutar y regocijarme en mi sillón cuando leo en algún periódico, en primera página, que han detenido a tal o cual político por corrupción. Que se jodan, abuela. Que jueguen al póquer con céntimos de euro. Como hacemos todos.

jueves, 1 de julio de 2010

Periódico Horadada Información. Mes de Julio

LA MUJER DE NEGRO


Ya la había visto antes: pequeña y delgada, de manos largas y ahuesadas, y siempre vestida de negro. Posiblemente guarde luto a alguien querido. Me la he cruzado muchas veces, afable y paciente, tirando de su carrito lleno de vida, pero nunca antes me había acercado a charlar con ella. Su aspecto, a priori, desde la ignorancia y la soberbia puede parecer andrajoso o vagabundo. De rechazo, tal vez.

El otro día, paseando por la Torre la volví a ver: daba de comer a unos cuantos gatos abandonados y enfermos que se buscan la vida en una jungla de asfalto a la que no pertenecen. De su carro sacaba unos cacharros que llenaba de comida y distribuía a los animales; éstos, fieles como de costumbre, se movían y rozaban con confianza entre sus piernas. Se dejaban acariciar como niños los muy mamones. Gatos adultos y callejeros, algunos de ellos incluso enfermos, y siendo acariciados en plena calle como cachorros recién nacidos. Me encanta.

Mientras observaba la escena comenzó a llover. En pocos minutos, unos nubarrones empujados por un poniente seco y salado descargaban una intensa cortina de agua que dispersó a los animales en busca de un refugio. Yo hice lo mismo. Me refugié en el sitio más cercano: debajo de una cornisa casi en ruinas pero que era lo suficientemente buena para no mojarme. Al poco, y después de proteger con un plástico lo que llevaba en el interior de su carrito, la mujer de negro se refugió a mi lado. «Parece que va a llover», le dije mostrándole una cálida sonrisa. Me miró y sonrió. Llevaba unas gafas de pasta gruesa, pero a pesar de ello pude ver sus ojos: sinceros. Me impresionó su mirada sin sombras, era una mirada familiar. «Son bonitos los condenados», le dije con intención de escuchar su voz. «Sí, pero nadie los quiere. Están solos», me contestó. «Intento que por lo menos tengan algo que comer, tienen derecho a ello, ¿no cree?». Asentí. Siguió hablándome de ellos y a medida que la conversación avanzaba sus ojos se iluminaban. Y yo seguí escuchándola con atención: me contó que colaboraba con una asociación de ayuda a los animales abandonados, y que por las tardes, aunque llueva, pasea con su carrito para dar de comer a los que la gente abandona. Me contó cosas bonitas. Hablaba suave y dulce, con voz de abuela. Y yo escuché paciente y sereno, como escuchan los nietos. Y siguió contándome más cosas, entre ellas, un problema que había tenido con un idiota –lo de “idiota” ya saben que es de mi cosecha- que encontró cierto día.

Por lo visto, una tarde cualquiera, mientras alimentaba a unos gatos en una esquina cualquiera, un fulano fue hacia ella increpándole su acción. El fulano, en actitud agresiva le dijo que se fuera a echar comida a otro lado, que iba a coger a todos los gatos y los iba a envenenar si seguían allí. Que ensucian su calle. Que a su mujer le dan miedo y no sé cuántas barbaridades más. Y la empujó. Varias veces, además. Imagino que para intentar acobardarla. Y le cogió el carro y lo volcó, derramando en el suelo toda la comida que ella paga con su dinero. El idiota. Y la mujer, con los ojos húmedos y la sonrisa entristecida como el día que hacía, siguió contándome la escena. «Fue bochornoso, yo no hago daño a nadie. La gente los abandona, y lo único que hago es darles un poco de cariño y cuidados». «¿Y qué hizo usted?», le pregunté. «Resignarme», me contestó con la voz entrecortada.

No pude hacer otra cosa que guardar silencio y mirar de nuevo sus ojos sin sombras. Entonces paró de llover, aunque el cielo seguía gris y el viento soplaba con rabia. Y con un húmedo “adiós” se despidió de mí y fue a buscar a sus gatos, que al escucharla llegar salieron de los refugios sin miedo a nada ni a nadie. Contentos. Y volvieron a rozarse con sus piernas los muy mamones; y se volvieron a dejar acariciar por ella. Otra vez. Como si fueran inocentes cachorros recién nacidos. «Me encanta», pensé de nuevo, porque nadie en este puñetero mundo, por mucho dinero que tenga o poder que posea puede acariciar así a estos animales si ellos no quieren. Y eso vale mucho.

martes, 1 de junio de 2010

Periódico Horadada Información. Mes de Junio.

FÚTBOL Y SEÑORAS CON MOÑOS

El otro día tomaba un café en Cartagena con un amigo cuando, al terminar, me invitó a ver un partido de fútbol juvenil en el que participaba su sobrino. Él sabe que no soporto este deporte, pero accedí por pasar un rato en su compañía. «Aprovecharemos el partido para charlar», me dijo. Así que acepté.
Tras pasar por la puerta del vestuario y saludar al sobrino de mi amigo nos sentamos en la grada. Piedra dura de cojones, no crean. Y mientras los chavales de uno y otro equipo calentaban siguiendo las instrucciones de sus correspondientes entrenadores -parecían futbolistas de verdad, de esos que cobran millones de euros- nosotros charlábamos en nuestros asientos.
El campo se llenaba por segundos: amigos de los jugadores, grupos de chicas con las hormonas a cien que iban a ver a sus jóvenes Ronaldos, padres, madres, hermanos, tíos e incluso amigos de los tíos a los que no les gustan el fútbol. Todo a tope. Debía de ser un partido importante.
A nuestra derecha se sentó una familia que los hijos no debían de tener más de diez u ocho años. A la izquierda, una respetadísima señora con un moño - parecía que se había escapado de una boda- adornado con pendientes y collares de perlas gordísimas. Tenían pinta de ser caros.

Así que mientras mi amigo y yo seguíamos charlando de nuestras cosas salieron los jugadores al campo preparados para comenzar el encuentro. Ambas aficiones aplaudían al ver a los componentes de su equipo pisar el terreno de juego. De repente, tras un silencio, saltaron al campo tres chavales de la misma edad que los jugadores. Eran los árbitros. Dos de ellos, portando unas banderolas en las manos y tras revisar las redes-esto debía de ser serio-, se pusieron en las bandas. Uno muy cerca nuestra. El pobre, antes de que comenzara el partido, tuvo que soportar un rapapolvos impresionante de la señora del moño. Al escucharla pensé que tendría que ser una entendida en fútbol; la jefa de los árbitros o algo así. Parecía muy cabreada. Como si la boda no hubiera ido muy bien. Y tras un pitido el partido comenzó.
Mientras los chavales jugaban, el resto de espectadores – nosotros no tomamos nada, somos un poco tacaños- se ponían hasta arriba de cerveza y otras bebidas alcohólicas. No es que yo no beba, no soy ningún santo; pero me llamó la atención que aficionados al deporte combinen con éste el alcohol. Pensaba que era todo lo contrario. En fin, cosas mías.

El marcador seguía a cero y mi amigo y yo a lo nuestro: charlando. El encuentro se desarrollaba sin incidencias entre el griterío de la gente. Imagino que eso es normal. En alguna ocasión me sobresaltaba algún «hijoputa» o «árbitro cabrón» que creía escuchar de fondo. La señora del moño -yo sigo pensando que es la jefa de los árbitros- no paró en todo el partido de abroncar al pobre chaval que estaba en nuestra banda: «Así no se pita, tontolaba» «Como levantes el banderín te lo vas a comer, niñato» y un largo etcétera de instrucciones futbolísticas. La verdad que el chaval tenía paciencia, o educación. Cosa que la señora del moñito no debía de tener mucha. Mucha perla gorda… pero poco de lo otro.

La cosa es que mi amigo y yo, sin prestar mucha atención al partido en sí, seguíamos con nuestra charla: comentamos mi último artículo y los correos recibidos al respecto sobre corrupción y bancos; hablamos del artículo de Rosa Sánchez –le tuve que explicar que no somos familia, lo del apellido es sólo casualidad-; y, justo cuando iba a empezar a criticar lo poco que pagan a los colaboradores en este periódico, un impresionante revuelo me hizo abandonar la conversación. La gente gritaba como loca: el padre de la familia que se encontraba a nuestra derecha había perdido los papeles. «Maldito cabrón sinvergüenza; si te cojo te mato, inútil» «eres un borrego» y un sinfín más de agradables términos tácticos que le gritaba al árbitro pese a la mirada de su hijo pequeño. «El padre que todo hijo quiere tener», pensé. Un orgullo. Pero la cosa no quedó ahí, la gente se exaltaba por segundos: los amigos, padres, madres y hermanos que antes aplaudían, ahora gritaban como energúmenos a un pobre chaval de veinte y pocos años que se gana unos eurillos con el fútbol para poder ir tirando mientras acaba sus estudios.
El público seguía insultando al árbitro mientras los jugadores de uno de los equipos lo rodeaban. Y cual es mi sorpresa cuando veo que un jugador le intenta dar dos puñetazos. Pero no lo consigue. Y los padres y madres siguen insultando a un chaval que podría ser su hijo. Enloquecidos. Y los jugadores siguen acorralando al árbitro, que está solo. Y éste, pese a estar solo, con dos cojones se pone en guardia. Y ningún niñato de los que tiene de frente tiene pelotas a tocarlo. Porque el árbitro está más en forma que ellos y los tiene mejor puestos. Porque seguramente no está acostumbrado a que sus papis se lo den todo hecho. Y aguanta el tirón como puede; hasta que un cobarde con no sé que número en la camiseta, por detrás y escondiéndose en el tumulto de jugadores, le da un puñetazo a traición y lo tira al suelo. Por la espalda. Entonces sí: todos los valientes que antes no le hacían nada porque estaba de frente y en guardia y no se arrimaban a más de una cuarta porque les hubiera sacudido un par de buenos mantecados a cada uno y hubieran hecho el ridículo ante sus queridísimos papis; ahora, con el árbitro en el suelo se ceban a patadas y puñetazos. Cobardes. Y los papis de las criaturas; y hermanos; y hasta la señora del moño siguen gritando. Perdón: insultando. Como animales.
Al fin, el entrenador del otro equipo salta al terreno de juego –o de lucha- y aparta a esos cobardes del árbitro. Y protegiéndole lo lleva hasta el vestuario. Y ahí se acaba el espectáculo. Sin más.

Al poco, se confirma por los altavoces que el encuentro se suspende. Que el árbitro está herido de gravedad y no puede seguir pitando. Y el público, decepcionado porque sus niñitos no han colado ningún gol al estilo Kaka –lo de la tilde no es una errata-, abandonan el estadio.
Y yo, con cara de tonto y preguntándome si eso es fútbol, miro a mi amigo y le pido que la próxima vez me lleve a ver un combate de boxeo. Ahí, por lo menos, no hay señoras con moños dando instrucciones a los árbitros.

lunes, 3 de mayo de 2010

Periódico Horadada Información. Mes de Mayo.

LOS TIEMPOS QUE CORREN

Estoy harto de esa gentuza sin palabra. De esos mamarrachos sin escrúpulos que se ven superiores al resto de los mortales. De esos payasos de despacho impecable que se creen lobos de las finanzas o importantes corredores de bolsa cuando la mayoría de ellos no tienen acabado ni el Bachillerato. Te dan consejos: "abre esta cuenta, ingresa en el plan de pensiones tal o te pedimos las tarjetas de crédito cual; sin comisión ninguna, por supuesto. Todo gratis, que ahora nos estamos forrando. Usted solamente firme aquí".
Conducen Bemeuves de importación comprados a bajo coste en algún chanchullo de los suyos y llevan trajes de chaqueta del Corte Inglés y camisas horteras combinadas con corbatas de seda arrugadas en alguna juerga nocturna. Y no crean, también las hay con faldas.

Se han creído los amos del mundo. Venga, casas para todos y de paso un coche y una moto y tres mil eurillos más para que te lleves de viaje a la parienta. Sin comisiones. Todo gratis, o casi. Que yo me estoy forrando. Y sin problemas, porque los gobernantes de turno me apoyan al máximo y tengo manga ancha. Que son colegas míos, hombre. Luego me los llevo a cenar y a tomar unas copichuelas al piso de la Lola. Imaginen ustedes cómo puede acabar la noche.

Y nosotros, los de abajo, los que después las pagamos todas juntas cuando el invento se va al carajo, como paletos a firmar. Creyéndonos todo lo que nos dicen. Y claro, ahora ya no hay bonanza económica: esos idiotas y sus colegas y nosotros mismos, no lo hemos cargado todo. Y estamos jodidos.
Entonces ya no se acuerdan de todas las promesas que nos hicieron cuando firmamos la hipoteca con ellos; ni de que nos dieron su palabra que no nos cobrarían nada por las catorce tarjetas de crédito que nos hicieron llegar; ni del siete veinticinco Tae de los dos mil euros a plazo fijo; ni de lo de las comisiones de la herencia de tu madre. Ni nada de nada. Ya no se acuerdan.

Y de repente, cuando más jodido estás porque te has quedado en el paro. Y empiezas a comerte los pocos ahorros que toda la vida trabajando te han dejado. Y las letras te aprietan. Y buscas trabajo pero no hay nada porque esos cabrones se lo han cargado todo, te llega la factura de las comisiones del banco que nunca antes te había llegado. Entonces, el lunes por la mañana te acercas a tu oficina de siempre; y preguntas por don Andrés; y le comentas lo que ha sucedido. Y don Andrés, de veintitantos años de edad, con su Bemeuve en la puerta recién encerado y sin tener ni idea de quién es Miguel de Cervantes; te dice a ti, a tus cincuenta y tantos y con los Quijotes que llevas leídos que no puede hacer nada, que estamos en crisis y no puede quitar las comisiones. Que lo siente, pero es lo que tú firmaste.
"Pero…usted me dio su palabra", le vuelves a insistir.
Y él, impaciente porque ya le estás haciendo perder el tiempo, te vuelve a repetir como si antes no lo hubieras oído: "lo siento pero estamos en crisis".
Y ahí te quedas, con cara de tonto delante de don Andrés, dándole vueltas a lo que ha dicho e intentando comprender lo de que están en crisis, si ellos o tú. Con todas las comisiones que en su día te dijo que no te cobraría porque él mismo se encargaría de quitártelas, cobradas. Con la sensación en el cuerpo de que estás pidiendo limosna.
Entonces, impotente, te levantas y le das la mano. Y sales de la oficina. Pero sonríes, porque en parte te da pena ese don Nadie sin palabra.
"Suerte de los tiempos que corren", piensas. Y vuelves a reír mientras él te observa a través de las cristaleras de su impecable despacho. Y no entiende porque sonríes.
Porque si entendiera algo, sabría que en España, en otros tiempos, a un hombre por faltar a su palabra le hubieran pasado el filo de una espada por el pescuezo sin el menor remordimiento. Suerte de los tiempos que corren.

jueves, 1 de abril de 2010

Periódico Horadada Información. Mes de Abril.

DE ALUMNO A MAESTRO

Nació y vivió en Valladolid. Recién terminada la Guerra Civil emprende sus estudios de Comercio y Derecho. Sin embargo, ninguna de estas carreras le complace.
Por azar –él mismo lo ha reconocido así- desemboca en el mundo del periodismo y la literatura. Un azar que comienza cuando, al estudiar el Manual de Derecho Mercantil de Joaquín Garrigues, descubre la belleza del lenguaje y la eficacia de la metáfora junto al adjetivo oportunamente empleado. Como también le gusta el dibujo –su padre lo matriculó en la Escuela de Artes y Oficios-, ingresa como caricaturista, en 1941, en El Norte de Castilla, periódico de su ciudad natal en el que más tarde pasaría a ser redactor.
Ya es por entonces novio de Ángeles de Castro y ésta –que luego sería su esposa- le anima a escribir. De esta manera, casi por puro azar y con una formación literaria eminentemente autodidacta, escribe su primera novela: La sombra del ciprés es alargada, que consigue el prestigioso premio Nadal en la noche de Reyes de 1948.
Ya se había casado con Ángeles de Castro cuando consigue la cátedra de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid. A partir de entonces compaginará la enseñanza, el periodismo y la literatura.
En 1958 es nombrado director del periódico El Norte de Castilla. En ese momento emprende una serie de campañas a favor del medio rural castellano y ello le lleva a enfrentarse con el régimen y la censura reinantes, viéndose obligado a dimitir de su cargo en 1963. Pero, no por ello ceja en su denuncia de la postración de Castilla y, cuando no puede hacerlo desde el periódico, lo hace desde la narrativa. Nace así su novela Las ratas (1962), una verdadera epopeya novelada de la tragedia del campo castellano. Pero ya antes había publicado varios títulos más, en especial El camino (1950), su tercera novela y el arranque y confirmación de lo que habrá de ser su auténtico estilo narrativo.
Junto a títulos señeros como La hoja roja (1959), Cinco horas con Mario (1966), Parábola del náufrago (1968) o Las guerras de nuestros antepasados (1975), publica también sus primeros libros de caza y crónicas de viajes; principalmente, USA y yo (1966), consecuencia de su estancia en Estados Unidos como visitante de la universidad de Maryland.
En 1973, con más de veinte libros publicados y varios premios en su haber, es elegido miembro de la Real Academia de la Lengua, ocupando el sillón e minúscula. La toma de posesión tiene lugar el 25 de mayo de 1975, y su discurso versa sobre El sentido del progreso desde mi obra.
Unos meses antes, en noviembre de 1974, había muerto su esposa, a la que el novelista había calificado como su equilibrio y la mejor mitad de mi mismo. En una novela que publicará diecisiete años más tarde, Señora de rojo sobre fondo gris (1991), evocará la singular figura de su mujer.
La muerte de su esposa deja sumido al escritor en una profunda depresión, de la que comienza a salir años más tarde coincidiendo con la publicación de su novela El disputado voto del señor Cayo (1978). Después, nuevas novelas, nuevos libros de caza, alguna nueva crónica viajera y varios relatos –doce en total- son llevados al cine o al teatro. Los santos inocentes en la pantalla, con actores de lujo y Cinco horas con Mario en todos los escenarios, son los logros más notables en sendos géneros.
Y llegan más premios y reconocimientos: el Príncipe de Asturias, en 1982; el premio de las Letras de Castilla y León, en 1984; el de las Letras Españolas, en 1991; y dos años más tarde, en 1993, el premio Cervantes, el más prestigioso galardón para escritores de habla hispana. Su discurso de aceptación del premio ha sido considerado como uno de los más bellos y profundos de cuantos hayan pronunciado en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Y aun cuando en él parece dar a entender que da por clausurada su obra literaria, cinco años más tarde, en el 98, publica la que puede considerarse su novela más ambiciosa e incluso su obra cumbre: El hereje, un alegato a favor de la libertad de conciencia. La novela se desarrolla en el Valladolid del siglo XVI, y a Valladolid, mi ciudad dedica el libro. Ciudad donde nació y donde ha vivido siempre porque, como él mismo ha repetido: soy como un árbol, que crece donde lo plantan.
Sé que saben de quién les hablo, es más, no he escrito su nombre ni una sola vez en toda la columna, pero seguro que lo tiene en la mente, o tal vez, en el recuerdo. Como si después de cada punto y aparte empezara el párrafo con su nombre y apellidos, seguro. No es para menos.
He tenido la suerte, por azar, como él empezó a escribir, de estudiar a Miguel Delibes; y, puedo asegurarles que ha sido una de las asignaturas más bonitas y productivas de mi vida. Tal vez por ese motivo le tenga una consideración especial.
Quien me iba a decir a mí, que un día escribiría sobre la vida de Miguel Delibes. Sin notas ni exámenes. Porque sí. De escritor a escritor, o mejor aún: de alumno a maestro.

sábado, 6 de marzo de 2010

Periódico Horadada Información. Mes de Marzo.

PEQUEÑA Y DELGADA

El video ha dado la vuelta al mundo: una adolescente golpeada brutalmente por un grupo de jóvenes que intentaban robarle en una estación de metro. La paliza fue brutal.
La chica, de 15 años, esperaba el autobús a la salida de una estación de metro en Seattle (Washington), cuando un grupo de adolescentes se acercaron a ella para intentar robarle el móvil y el bolso. Deduzco por las imágenes que la chica se resistió, y claro, le dieron la del pulpo. Por resistirse. Hasta aquí todo normal, o casi. Eso pasa en los mejores países, no lo negarán.
Lo que no es normal es que suceda ante la mirada impasible y cobarde de tres guardias de seguridad. No daba crédito a lo que veía: los tres tíos, o tías, o lo que fueran, contemplando la agresión sin la más mínima necesidad de intervenir. Sin inmutarse, tranquilamente. Muy americanos ellos.
Pero ahí no acaba todo: además, varios viandantes rondaban los alrededores del tablao flamenco contemplando el espectáculo. Como si estuvieran en Benidorm. Olé, olé. Y mientras, la chica, tirada en el suelo, recibía una lluvia de patadas y puñetazos de su agresora. Las imágenes no tienen desperdicio.
Hace un par de días, mientras compraba en un supermercado, me acordé de estos vigilantes de seguridad americanos y los comparé con los nuestros. Les cuento: viernes tarde en un supermercado de Torrevieja, hasta arriba de gente. Una vigilante de seguridad para todo el local: rubia, ojos saltones, unos cuarenta y tantos largos, pequeña y delgada; aproximadamente un metro sesenta de estatura. Con una porra colgando del cinturón que le sobrepasaba las rodillas.
Daba las buenas tardes a los clientes exhibiendo una cálida sonrisa mientras supervisaba, audaz, que todo siguiera en orden.
Todo el mundo parecía ir a lo suyo. Una oferta por aquí, otra por allá. Ya saben cómo funciona la cosa. Qué les voy a contar yo.
Al poco, mientras seguía ensimismado en mi compra semanal, escuché un griterío. Me acerqué: dos tipos intentaban robar a una pareja que dejó el bolso de ella en el cochecito de su bebé. Y adivinen quién los pilló.
Imaginen el panorama: una vigilante de seguridad, sola, de poco más de metro y medio intentando detener a dos fulanos de aproximadamente metro noventa, con cara de no haber sonreído en su vida y los brazos llenos de tatuajes talegueros. Tuve que tragar saliva un par de veces.
Éstos gesticulaban airadamente a la vigilante. Gritaban en un idioma ilegible para ella. Y, según creo, para la mayoría de los que estábamos allí.
"Devolver lo que habéis cogido y marcharos de aquí", les decía la vigilante con semblante serio y sin perder de vista a ninguno de los dos tipos.
Pero, los dos pájaros se querían ir con lo puesto, es decir, con el bolso de la pareja y, por supuesto, con lo que había dentro. Continente y contenido.
"Devolver lo que habéis cogido y marcharos de aquí o llamo a la Guardia Civil", les volvió a repetir en dos ocasiones más.
Por mucho que la vigilante les nombrara a la Benemérita, ni caso. Saben que poco pueden hacer. Incluso parecía darles risa.
Total, que los dos pajarracos deciden marcharse, pero con el botín, sin contarse un pelo.
Hacía la puerta.
Entonces, sin más contemplaciones, la vigilante desenfundó su porra, y con ella en la mano salió corriendo para interrumpir el paso a los dos elementos. Cuando los alcanzó, se puso delante de ellos, alzó la porra, cogió al más grande de la doblez de su cazadora a la altura del pecho y le dijo: "devolver lo que habéis cogido y marcharos de aquí o se va a liar parda".
Los dos se miraron de soslayo, y el más grande, que llevaba el bolso en la mano izquierda, lo tiró al suelo con desprecio, con rabia.
Entonces, la mujer soltó la cazadora, bajó la porra y les dijo: "no quiero volver a veros por aquí, ¿entendido?". Y los dos fulanos, humillados, se marcharon sin decir una palabra. Sin mirar atrás. Ante el asombro de los que allí nos encontrábamos.
La verdad es que me hubiera encantado que alguien en aquel instante hubiese empezado a aplaudir, como ocurre en las películas americanas. Pero nadie lo hizo. Una pena.
Así que cogí mi carro y volví a las ofertas mientras pensaba: así son los vigilantes de seguridad españoles. Con dos cojones.

sábado, 30 de enero de 2010

Periódico Horadada Información. Mes de Febrero

ESOS IMBÉCILES

Todavía no ha aparecido el cuerpo de la niña. El 24 de enero del pasado año: Marta del Castillo, de 17 años de edad, salió de su casa con el pretexto de ver a unos amigos. Nunca volvió. Sus familiares y amigos movilizaron a la sociedad para su búsqueda. Los medios de comunicación nos invadieron a todas horas con la noticia de su desaparición. Ni rastro.
Todo eran sospechas hasta que pasados unos días y después de vacilar a la policía, los jueces, los políticos, la sociedad, los familiares y a los amigos de Marta: Miguel Carcaño Delgado -apunten bien el nombre que el tiempo pasa rápido-, de 20 años de edad, confesó su asesinato.
Pero claro, ahí no acaba todo: el niño nos ha salido vacilón. No tenía bastante con matarla, ha preferido jugar al escondite y reírse de los padres de la criatura. Y de paso de toda España.
Primero dijo que él y sus compinches –otros imbéciles, créanme- arrojaron el cuerpo al río Guadalquivir. Entonces se desplegó un extraordinario dispositivo para su búsqueda: bomberos, policías, protección civil, voluntarios, familiares…Todos buscaban a Marta. Pero… no aparecía. Tuvo a todos estos efectivos entretenidos en su búsqueda hasta el 16 de marzo de ese mismo año, fecha en la que se dieron cuenta de que el niño de los cojones les estaba vacilando, o mejor dicho, nos estaba vacilando a todos, y decidieron finalizar la búsqueda en el río.
Me imagino al colega partiéndose de la risa en su celda. Jua, Jua. Entonces pensaría: se me acaba la diversión, e hizo llamar al juez. Declaró que no había arrojado el cuerpo de Marta al río, sino a un contenedor de basuras. Tiene guasa la cosa. Me parto.
Y a partir de ese momento, se desplegó otro dispositivo y el cuerpo comenzó a buscarse en el vertedero municipal de Alcalá de Guadaíra, que recibe toda la basura procedente de Sevilla. Imagínense el panorama: 40.000 toneladas de basura, calcularon los integrantes del operativo que tenían que mover para poder obtener algún resultado positivo. Eso son muchas horas de trabajo. Y claro, como todo el mundo sabe, ese personal no trabaja gratis. Lógico. Ese puntito sin importancia le da igual al niño. Él, como no ha trabajado en la vida…que paguen los demás.
Debido al tiempo transcurrido y a la cantidad de basura almacenada en ese período, la búsqueda era muy complicada. Lenta y compleja. Era difícil encontrar ahí algún rastro certero de la niña. Y efectivamente no hubo suerte. Tras varios días de búsqueda se suspendía el dispositivo. Marta no aparece.
Meses después, por una nueva orden judicial, se empezó a rastrear una parcela en la localidad sevillana de Camas. Pronto paró esa búsqueda. Una verdadera pena.
Hoy, mientras comía, he escuchado en la radio a un familiar de Marta. No sé bien quién era, pero me ha partido el corazón oírle. He estado toda la comida callado y pensando en la justicia que tenemos.
Mientras pensaba, me ha venido a la cabeza una idea fabulosa para intentar localizar el cuerpo de la niña. A ver qué les parece. Lo primero que necesito es un Comité de Búsqueda. Lo formaríamos: el padre de Marta, el abuelo, el familiar que escuché en la radio, dos amigos suyos, un tío de la chica y dos amigos míos albanokosovares que están en paro. Yo iría de notario, que casi tengo acabada la carrera de Derecho.
Los materiales para la búsqueda ya se los llevan mis dos amigos, no se preocupen.
Les garantizo que en un par de horas, el padre de Marta no sólo va a saber dónde está el cuerpo, sino que lo va a tener. Sin grúas, ni buzos, ni perros, ni helicópteros de la Guardia Civil. Como mucho, unas gafas de bucear para que al niño no le escuezan los ojos si tiene que meterse al Guadalquivir.
Estoy seguro de que si los familiares de la chica cogen al guapito ése, les lleva hasta el lugar exacto. Es más, él mismo la busca. Y luego de vuelta a la cárcel, a ver si tiene suerte y se echa un novio.
Espero que ese asesino –ya ven por dónde me paso lo de “presunto”- duerma muchos años a la sombra.
Aunque, lo que de verdad espero, es que esa familia encuentre a su hija para que puedan ir, por lo menos, a despedirse de ella.

martes, 22 de diciembre de 2009

Periódico Horadada Información. Mes de Enero.

UNAS PINCELADAS DE HISTORIA

Los españoles, atraídos principalmente por sus caladeros, llegan en 1884 al Sahara Occidental. Establecieron en Dakhla –Villa Cisneros- fábricas para procesar el pescado.
España encontró en aquellas tierras una sociedad tribal tradicional, independiente y amable, decidiendo establecer acuerdos con sus jefes para construir fuertes y organizar su economía.
A mediados del siglo XX, en la década de los 60, los movimientos de liberación nacionales estaban en auge en la mayor parte del continente africano. Países como Marruecos -1956- y Argelia -1962-, tras sangrientas y duras luchas de liberación, alcanzaron la independencia de sus metrópolis coloniales. En aquella época fueron creados los primeros grupos armados independentistas saharauis.
España, manteniendo vivo su sueño colonial, nombró en 1958 provincia española al Sahara Occidental. Aún así, la ONU aceptó que los saharauis fueran un pueblo con derecho a la autodeterminación y solicitó a España la puesta en marcha de la descolonización.
Pero, España no renunció al Sahara. Reprimió duramente el movimiento civil pacífico de nacionalistas saharauis al comenzar la década de los 70. Como consecuencia de esas represiones, un grupo de jóvenes decidieron pasar a la lucha armada en 1973, creando el Frente Polisario. Este Frente actuó en diversas ocasiones contra el dominio español, hasta que un día, apareció un nuevo impedimento: Marruecos.
El recién llegado Hassan II puso en marcha una estrategia de expansionismo nada más llegar a su trono. Reivindicaba un “Gran Marruecos” que abarcaría, además de sus tierras: parte de Argelia, el Sahara Occidental, Mauritania, Malí y el norte de Senegal.
Mientras el monarca se frotaba las manos pensando en sus próximas conquistas, en España, la época colonial tocaba fondo y pronto –siguiendo las peticiones de la ONU-
se confeccionaría un censo electoral. La población saharaui, casi en su totalidad, era independentista y apoyaban en forma y estilo al Polisario.
Aprovechando la coyuntura de la retirada española y la crisis de poder que se vivía en España con la finalización de la dictadura franquista, Marruecos preparó la invasión del Sahara: la famosa Marcha Verde.
El pueblo español no defendió la independencia saharaui. Debido al estado en que se encontraba y a las presiones de Marruecos, en noviembre de 1975, con la Marcha Verde a las puertas del Sahara firmó en Madrid el reparto de territorio entre Marruecos y Mauritania.
El acuerdo de reparto fue denunciado como ilegal por la ONU, que desde entonces, ha dejado clara la ilegalidad de la invasión y de cualquier solución que no sea la autodeterminación de los saharauis.
Los marroquíes penetraron por el norte y los mauritanos por el sur, provocando el éxodo de la mayor parte de la población civil. Miles de saharauis se adentraron en el desierto, en dirección Tinduf –Argelia-. Este país acogió en su territorio a los refugiados.
A finales de noviembre de 1975, varias de las principales ciudades saharauis ya estaban controladas por los marroquíes y se iban conociendo los horrores a los que los invasores sometían a la población: robos, incendios de casas, torturas, detenciones injustificadas, desapariciones y asesinatos.
Ante tal barbarie, los saharauis seguían huyendo hacia los campamentos que se habían instalado en el interior del territorio. La huida no era fácil. Costó la vida a cientos de personas, principalmente ancianos y niños por las condiciones de calor, falta de agua y alimentos, enfermedades y agotamiento. En febrero del 76, ya eran 50.000 los refugiados que habitaban los campamentos.
Ese mismo mes se conoció el Genocidio Saharaui: la aviación marroquí bombardeó los campamentos habitados por mujeres, ancianos y niños –la mayoría de hombres se encontraban luchando contra la invasión- con fósforo blanco y napalm, armas prohibidas que queman la piel y deshacen la carne y los huesos. El resultado fue de 2.000 muertos.
El Frente Polisario y la Media Luna Argelina se emplearon a fondo para trasladar a la población hacia la región de Tinduf, quedando dividida en dos: los que pudieron huir a territorio argelino y los que se quedaron en los territorios ocupados bajo la invasión marroquí.
Los que se fueron y sus descendientes, malviven en los campamentos de refugiados de Tinduf, 34 años después. Los que quedaron, han seguido sufriendo todos estos años la represión del régimen marroquí. Han seguido las torturas, las detenciones, las desapariciones, violaciones y asesinatos. Son ya miles de muertos y desaparecidos, además de cientos de presos políticos de los que apenas se sabe nada. Uno de los principales centros de detención y tortura, la Cárcel Negra del Aaiun, tiene a decenas de saharauis detenidos y torturados. Todo un ejemplo en derechos humanos.
Hoy, por fin, me alegro de comunicarles que esos conquistadores han perdido una batalla. La activista Aminetu Haidar, sin más ejército que sus amigos ni más armas que su hambre, les ha dado bien a esos líderes de pacotilla. Por donde más les duele.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Periódico Horadada Información. Mes de Diciembre

LA CAÍDA DEL TELÓN DE ACERO

El pasado mes de noviembre se conmemoró el vigésimo aniversario de la caída del “Telón de acero”. Esta expresión fue usada por Winston Churchill el 5 de marzo de 1946 cuando daba una conferencia en el gimnasio del Wenstminster College, en Fulton, una pequeña población de Missouri que hasta entonces pocos estadounidenses sabían situar en el mapa.
«Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, un gran telón de acero ha caído a lo largo de todo el continente. Tras esa línea, se encuentran todas las capitales de los antiguos estados de Europa Central y Oriental (...) Todas esas ciudades y sus habitantes se encuentran bajo lo que debo llamar 'esfera soviética', y todos están sometidos, de una manera o de otra, no sólo a la influencia soviética, sino a una muy elevada, y en algunos casos creciente, forma de control desde Moscú».
Ésta fue una de las alocuciones más famosas del siglo XX, demostrando así a todo el mundo, su gran fama de orador. Aunque, una cosa es llevar la expresión a la fama y otra muy diferente ser su creador, pero ese es otro tema.
Han pasado más de veinte años desde la caída de uno de los símbolos más vergonzosos de la guerra fría, el Muro de Berlín. Regímenes como el de aquella Alemania oriental tiene sus bases en la apariencia, la mentira, el fanatismo y en la más cruel de las represiones. Kilómetros de hormigón, alambre de espino y miedo dividieron Berlín desde poco después de la Segunda Guerra Mundial.
Es posible que aquellos viejos políticos que ahora se reúnen para charlar y dejarse ver ante la prensa mundial, en un famoso teatro de variedades de Berlín cuyo nombre no sé pronunciar, evitaran en su día una guerra termonuclear.
Pese a ello, la huella bélica dejada es profunda y aterradora, nada fácil de eliminar. La guerra fría se ha encargado de modelar a su antojo las actuales instituciones europeas y ha dejado además una herencia inquietante. En primer lugar, un estremecedor arsenal de armas, capaz de provocar la destrucción del planeta entero si fuera necesario. En segundo lugar, unas marcas geopolíticas, principalmente entre las dos superpotencias mundiales que habían estado enfrentadas durante más de 45 años.
En la actualidad, innumerables conflictos locales y guerras étnicas y religiosas se desatan entre pueblos hermanos, dejando evidencia de la inseguridad que vivimos. Los presupuestos de defensa de estos países, grandes y pequeños, son ahora mayores que durante la guerra fría, eligiendo, preferentemente, métodos represivos para resolver sus conflictos internacionales.
Es evidente que a lo largo de estas dos últimas décadas el mundo no se ha convertido en un lugar mejor: las disparidades entre ricos y pobres se han incrementado, no sólo en los países en vías de desarrollo, sino también dentro de los desarrollados.
Las naciones siguen realizando su particular carrera armamentista, intentando alcanzar nuevas tecnologías capaces de provocar destrucciones masivas. Siguen los conflictos regionales, las disputas ideológicas e incluso se ha disparado, el uso irracional de nuestros recursos naturales. Todo un éxito.
A diario asistimos a toda esta barbarie que los medios de comunicación, con su mejor intención, nos acercan hasta nuestras casas. Imágenes que podemos digerir, sin la menor pesadez, junto a nuestro estofado de ternera.
Nuestros hijos no tienen ni idea de lo que es la guerra fría, pero conviven, día a día, con hechos similares. Atentados muy parecidos a los que allí ocurrían, sangrientos y llenos de miedo, que podrían confundirse, pese a las dos décadas de diferencia, con los que hoy emiten los telediarios de las tres.
Todavía existen muros altos y gruesos, de color gris, tristes y penosos, lamentables telones de acero llenos de espinas.
Pero esos muros de la vergüenza están siendo azotados, levemente, por una brisa de libertad y esperanza.
Seguro que algún día, espero que no muy lejano, esa leve brisa se convierta en un fuerte vendaval de libertad y paz capaz de derribar los muros más altos y espesos.
Espero que mis hijos, el día de mañana, puedan celebrar como nosotros celebramos hoy, la caída de muchos telones de acero.